La vejez la había visto adornada con mejores galas, sobre todo en los atardeceres, por que los atardeceres siempre fueron su cliché preferido.
Su padre Maldonado de la Hierta, le insinuaba que los atardeceres eran más bien cosa de cuentos y novelas, la gente en realidad no daba un penique oxidado por los atardeceres.
Su padre, tenia un par de manos (Aclararlo parece nimio hasta que uno acepta que existe gente con una sola mano) arrugadas y ásperas como una lima, lo que lo había vuelto muy apreciado entre las mujeres con el alma rugosa, para los celos de su hija.
También era un hombre práctico, sencillo, sin grandes aspiraciones sociales ni mayores dilemas existenciales o filosóficos.
Gracias a tal condición su capacidad de rumiar heces era bastante reducida y su paciencia era imperceptible, casi invisible (Excepto que se lo viera desde los ojos de su hija, en cuyo caso su paciencia no era solo infinita, también era insensata e inagotable) lo que le granjeo buena popularidad entre sus colegas en la fabrica de calzados, a los cuales Maldonado les guardaba el mismo apego que un armiño a una liebre.
Los manuales de historia dirían que Maldonado constituyo un sindicato, cuando seria mas atinado indicar que un sindicato se instituyo alrededor de Maldonado, cuyo centro de gravedad bestial cautivaba y apresaba.
Los libros de historia también dirían que Maldonado era un gran táctico, pero los libros de historia son compuestos por historiadores, que son fundamentalmente palurdos cobardes, incapaces de llevar adelante sus propias existencias y por tanto garrapatean sobre la de otros con un innegable dejo de juicio moral.
Lo cierto es que Maldonado, no había proyectado nada desde el día que su padre había fallecido en el catre con la hermana menor de su madre.
La historia de cómo Marcos De la Hierta, había fallecido en un insólito incidente mientras compartía catre con su cuñada, recorrió el mundo entero, (Que en lo que a los participantes atañía quedaba comprendido entre Ramos Mejia, Moron, Haedo y unas cuadras de Moreno) Maldonado con sus tiernos seis años, oyó el cuchicheo inflexible a las espaldas de Ilaria su madre, inconmovible, con un muro de serenidad que la multitud imputo a una pena insondable, la demencia y/o la necedad.
La verdad era que a Maldonado, el final de su padre le resultaba francamente correcto, afín y concisamente congruente con su modo de vida, gimotear y convulsionarse ante el resultado evidente de algo fácilmente predecible se le daba como, por lo menos, tonto.















February 28th, 2010 at 17:20
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